Sobre las aguas del Nilo flota una cesta y, en su interior, los ojos de un niño miran con asombro. Dicen que se llama Sejemjet y es hijo del desierto y de la noche. Su nombre quiere decir “cuerpo poderoso”. En uno de sus hombros lleva impreso el misterio: una mancha que, como luna llena, reposa sobre un creciente lunar.

Es el enigma que marca la vida de un guerrero que pronto será llamado por el faraón, para librar más de una batalla. Después de El ladrón de tumbas y La conjura del faraón, el escritor y piloto de la compañía Iberia, Antonio Cabanas, nos trae una nueva propuesta: El hijo del desierto.

Otra vez el Egipto antiguo descorre su velo mágico, nos seduce y nos transporta, a través de un relato épico, desde el lejano Kush hasta el Éufrates, pasando por la ciudad de Tebas, el templo de Karnak y las riberas del Nilo.

Como Antoine de Saint-Exupéry o Richard Bach, Cabanas también se subió un día a un avión para observar, desde el aire, lo que es invisible para los ojos y sólo puede verse con el corazón. Descubrió al verdadero Juan Gaviota que todos llevamos dentro y, por eso, sus alas le llevaron al alma de un mundo donde hombres y dioses se unen en un mismo destino.

-¿Es el protagonista, Sejemjet, un héroe positivo?
-Como a mí no me gustan los héroes, he intentado que no lo parezca. Es, eso sí, un hombre poderoso; sobre todo le temen y no precisamente por su altura. Imagínate un hombre así, invadido por la ira y manejando la espada, puede ser muy poderoso; pero, el misterio, el enigma le viene de su interior. Se puede comparar con un sacerdote guerrero o un guerrero místico, porque va tonsurado de la cabeza a los pies. Es un individuo muy peculiar y su único universo está formado por las cicatrices de las heridas de las guerras que cubren su cuerpo. Ese es su universo, no conoce otro. En la obra se habla, por ejemplo, de cómo los niños eran cogidos para llevarlos al ejército y se convertían en soldados para siempre. Imagínate en ese ambiente, cómo puede crecer y desarrollarse una persona. Héroe, en cuanto a gran guerrero; pero no así como persona, porque él mismo se revela contra esa ira que a veces le reconcome, y contra la que no puede. Sejemjet es un guerrero terrible, tremendo; es un Aquiles y, como el héroe de la Ilíada, sufre tremendamente porque la ira lo posee; pero también lo posee la compasión. Tiene una lucha permanente entre su naturaleza combativa, terrible y esa mirada en la que se asoma su corazón y su alma sufre porque no controla su ira. Es un hombre con muchas sombras y luces.

-¿Qué ingredientes tienen las historias que cuenta Antonio Cabanas que seducen al lector?
-Creo que el antiguo Egipto tiene un marco que seduce. Solamente el Cairo es un caos tremendo y el Nilo que es el alma de este país. Se desarrolla una civilización que me parece fascinante, porque logró niveles que no se habían alcanzado e, incluso, después, muchos pueblos no llegan a alcanzar. Por ejemplo, las propias libertades de las mujeres. A esto juntamos las aventuras de este personaje, las guerras; aunque he intentado, por supuesto, que la guerra no sea la protagonista del libro. Pero, sí contar cómo era la vida de los soldados y al que le interese la historia militar, le va a sorprender que los romanos copiaron todo de ellos: ya había zapadores en el antiguo Egipto, los campamentos se construían exactamente igual como hicieron los romanos siglos después: cavando fosos, levantando empalizadas, la tienda del general en el centro y haciendo calles alrededor. Por supuesto, los dioses están por todos sitios, el amor, el odio, las costumbres, aventuras, traiciones y también bajas pasiones. Este libro es una epopeya; incluso un periodista me dijo que si no hicieran una película del libro no lo podría comprender. Sí, tiene unos personajes que darían un buen juego cinematográfico; pero yo me conformo con que a mis lectores les guste el libro, porque escribo para ellos y no para un guión de cine.

-¿Son los personajes protagónicos de una novela los preferidos o los mimados por el autor?
-No, hay otro personaje muy entrañable en esta novela, por el que siento verdadera pasión, incluso más que por el protagonista. Es una persona típica del pueblo; no tiene ningún atractivo físico: es pequeñito, feo, pero tiene la sabiduría del que nada sabe. Anda por el mundo buscándose la vida como puede y se la busca, sin dudas. Es un personaje con una conjunción de personalidades, que me ha gustado mucho. Por él conocemos los rasgos del pueblo, sobre todo, de las relaciones amorosas: se habla mucho de él, sobre todo, con respecto a la sexualidad. Los egipcios eran muy desinhibidos: el sexo era como comer, como respirar; no le daban mayor importancia, fuera de lo que era el matrimonio, pues ya dentro de éste, el adulterio era perseguido. Era muy normal cohabitar en el campo, y este personaje tan desaliñado le gustaba participar en todas las posibilidades que le daba el sexo. A través de estas relaciones amorosas, nos damos cuenta de que los amantes son iguales a través de los siglos. Hemos amado, hemos odiado, hemos discutido, exactamente igual.

Con rigurosidad histórica, Antonio Cabanas nos propone un viaje a un país donde, según afirma, la magia está por todos lados. A través de personajes reales y ficticios, nos hace partícipes de la vida que bulle en un Egipto poderoso, imperialista, gobernado por faraones guerreros: Tutmosis III y su hijo Amenhotep II. Princesas, profetas, soldados, generales, gente de pueblo y un hombre, Sejemjet, quien fuera recogido de las aguas del Nilo como Moisés, nos envuelven, capítulo tras capítulo, en un halo misterioso y fascinante.

El pueblo egipcio, tremendamente supersticioso, ve en la marca de nacimiento que luce el temible guerrero en su hombro, una señal divina y lo considera hijo de Set, el terrible dios del caos, iracundo y hacedor de tormentas. Pero, Sejemjet es tan sólo un soldado y, sobre todo, un ser humano capaz de odiar, de matar, de amar; un espíritu atribulado que se debate entre la ira y la compasión.

Sencillo, afable, elocuente, apasionado y estudioso del antiguo Egipto, este escritor canario demuestra en El hijo del desierto que los poderes que condujeron a este país a la guerra son, como él mismo asegura, los que siempre han sido. Más allá de la ficción que emana de su pluma, se impone la veracidad de los hechos.

Gente de carne y hueso y de diferentes estratos sociales, atraviesa los túneles del tiempo para contarnos sus secretos más íntimos, sus sueños que también son los nuestros. Como asevera el autor, aunque este mundo mágico que se nos revela parezca muy lejano y distinto, cada suceso nos demuestra que el hombre poco ha cambiado a través de los siglos.

Fuente: Belkys Rodríguez Blanco / Canarias al Día