El secreto del Nilo, de Antonio Cabanas (B), es una novela histórica de las que nadie hace ya, por su rigor, su inmenso trabajo documental… y su magnetismo.

El autor llega a la comida veinte minutos tarde, como debe hacerse si uno quiere que los periodistas lo respeten. Viene azogado y algo jadeante, sonríe, no deja de pedir perdón por el retraso (deja ver que es un tío simpático), y explica algo rápido sobre que ayer estaba en Las Palmas de Gran Canaria y esta tarde volverá allí, en cuanto acabemos de comer. Eso parece una añagaza más para convencernos de que es un hombre ocupadísimo que nos está haciendo el abnegado favor de dedicarnos un par de horas de su tiempo. Luego se verá que no, que las cosas no siempre son lo que parecen.

Como lleva ocurriendo desde hace ya una indignante cantidad de años, el de más edad… el más veterano… Bien, dejémonos de paños calientes: el más viejo de los quince periodistas presentes soy yo. El resto es un grupo de tímidos y tímidas que no pasan de los 30. Muchos trabajan en emisoras de radio y han venido provistos de aparatosos micrófonos y grabadoras.

Otros escriben en periódicos que, a mi corto entender, no tienen el más mínimo motivo para enviar a alguien a cubrir la presentación de un libro sobre la dinastía XVIII del antiguo Egipto: eso no va a jorobar a Rubalcaba, que es para lo que están esos medios en este mundo. Pero ustedes quizá ya saben que incluso en los periódicos más incendiarios y avinagrados se mantiene aún la estúpida tradición de que haya secciones de Cultura: suele ser este un lugar extraño de la redacción, habitado por gente pálida y macilenta (alguno, con barba: mala cosa) que lee libros, sabe de música y tiene una noción aproximada de quién fue Vincent van Gogh. Es decir, que no sirve para nada útil ninguno de ellos, pero la tradición impone que en un periódico que pretenda aparentar respetabilidad hay que dedicar un par de páginas a esas peligrosas estupideces (ya se sabe lo que pasa con la cultura: el niño empieza escuchando a Schubert y acaba luego de maricón o criticando a Tejero), así que el director hace como que no les ve y les deja relativamente en paz.

El autor, que se llama Antonio Cabanas, se sienta por fin en la silla que le han reservado y, para acompañar su cerveza, busca con la mirada alguna aceituna superviviente. No hay, como es natural: ya ninguna editorial invita a comer para presentar un libro, eso es carísimo, así que cuando alguna se atreve los chicos de la prensa se comportan como los leones que salen en el National Geographic Channel: devoran hasta las flores de tela que adornan la mesa, porque nadie sabe cuándo volverá a caer otro ñu en forma de novela. Hay que aprovechar.

Cabanas pregunta, antes que ninguna otra cosa, si nos ha llegado el libro (se titula El secreto del Nilo y lo acaba de publicar B) y si nos lo hemos leído. Se produce un silencio muy parecido al que sobreviene cuando alguien eructa en un velatorio, porque el libro tiene más de 800 páginas y es dogma reconocido que nadie en las secciones de Cultura tiene tiempo para leer; nos pasamos la vida informando… sobre lo que no hemos abierto siquiera. Y, como ninguno respira, el autor invita a los presentes a preguntar lo que les parezca sobre el argumento, los personajes o la ambientación histórica.

Pero antes de que se abata sobre el comedor otro silencio, aún más espeso y avergonzado que el anterior, María, la eficaz chica de la editorial, echa a las acorraladas víctimas un capote y propone al autor que sea él quien introduzca el tema, por supuesto brevemente.

Cuando uno se lo sabe.

Y ahí empieza el espectáculo. Antonio Cabanas es un canario de cuarenta y pocos años que nació en Las Palmas porque en algún sitio hay que nacer, pero lo suyo habría sido llegar al mundo en Tebas, Menfis o Asyut hace 4.000 años. Se gana la vida como comandante de líneas aéreas (lo cual lo hermana amorosamente con el gran Saint-Exupéry, por no hablar de otros ejemplos gavioteros mucho menos ilustres) (y de ahí que vaya y venga a las Palmas con tanta frecuencia), pero su pasión, desde niño, es el Egipto antiguo. Él reconoce que se le encendió el fuego sagrado el día en que vio la hermosa máscara funeraria del breve rey Tut, universalmente conocido como Tutankhamon. Eso nos ha pasado a muchos, pero a Cabanas ese fuego de Isis no se le apagó. Ha estudiado concienzudamente aquella civilización. Conoce la escritura jeroglífica. Hace muchos años que perdió la cuenta de cuántas veces ha viajado al país de Kemi, que es como los egipcios de aquel tiempo llamaban al lugar en que vivían. No titubea ante los bajorrelieves de un obelisco ni ante las pinturas de un hipogeo. Domina con total naturalidad el calendario, el ciclo de las inundaciones del Nilo, el léxico, la fauna antigua y actual, los métodos arquitectónicos, el arte y (faltaría más) la historia de Egipto. Por decirlo de una vez: esta es la sexta novela histórica que este hombre escribe y publica sobre Egipto. Como para no saberse la asignatura.

Así que cuando Cabanas empezó a explicarnos, con el tono y la familiaridad de quien habla de sus vecinos o de unos primos que tiene en Tenerife, que la época de Akhnatón fue un puñetero desastre, que aquel señor estaba loco, que hundió la economía del país por culpa de sus obsesiones religiosas; que Amenhotep III sería todo lo berlusconiano que se quiera pero fue un gran rey, y que luego el imperio cayó en manos de medianías como la reina Tiyi o aquel zangolotino de Ai; y que el busto de Nefernefruatón (o sea Nefertiti) está tuneado porque su hermosura no se parece a la de las mujeres de su tiempo; y que no debe uno enfrentarse nunca a los curas, sobre todo si poseen la gran mayoría de las tierras cultivables del país, y que el tontaina de Akhnatón, con aquella perra que le dio por el monoteísmo y por el sol, se enfrentó al omnipotente clero del dios Amón y así le lució el pelo; y que no era gay ni tenía la cabeza en forma de pepino, pero sí era cojo, como lo fue el joven Tut; y que este se murió de malaria y no asesinado; y que…

Cuarenta minutos. Cuarenta minutos seguidos de lo que parecía una conferencia (los jóvenes periodistas no se enteraban de nada y sudaban de miedo ante la idea de transcribir las cintas o de buscar un corte “con titular”) y que en realidad no era sino un análisis rápido, ágil, una visión general, unas cuantas anécdotas controvertidas y, de postre, la lectura del Edicto de Horemheb, texto que valdría perfectamente para hoy.

Una novela histórica en la que todo lo esencial es verdad y que apenas necesita artificio inventado, aunque lo haya. ¿Cuántos casos conocen ustedes en los últimos quince años, eh? ¿Comprenden ahora por qué da gloria leer los libros de Antonio Cabanas?

Fuente: Tiempo