Prólogo

Bienvenido, lector, a mi obra, a un sueño que invita a abandonarse para revivir nuestro pasado. Unos tiempos lejanos en los que la vida de los hombres parecía discurrir por caminos trazados por los dioses, donde los héroes inmortales eran capaces de hacer asomar sus gestas en cada recodo del destino de cualquier mortal. Así, las sendas de estos se entrecruzan, incansables, para mostrarnos un mundo que agoniza y otro que se abre paso de manera inexorable.

El Antiguo Egipto sucumbe ante el empuje de un nuevo orden dispuesto a devorar a sus dioses milenarios. Estos apenas tienen ya cabida en los tiempos que llegan, y terminarán por ser sepultados por el manto del olvido. Asistimos al penúltimo acto de una función que ha durado tres mil años. Demasiados, quizá, y a la vez efímeros como un suspiro.

Este es el escenario en el que se desarrolla la novela. El de un Egipto que se desmorona sin remisión y un Mediterráneo que se expande de forma imparable en busca de su lugar en la historia. De este modo, todo un crisol de culturas se da cita para crear un argumento que nos conducirá desde la Tebaida hasta los lejanos desiertos de Nubia, y desde Alejandría hasta las islas bañadas por el Egeo. Tebas, Koptos, Roma, Náucratis, Alejandría, Delos, Chipre, Éfeso, la isla de Kos… Todo un universo nos abre sus puertas para mostrarnos cómo eran aquellas gentes y sus vidas en el siglo i a. C.

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